11 de mayo de 2008

Elogio de la carretera nacional


Hoy quiero hacer una apología de las carreteras nacionales. Las autopistas son cómodas (como los slips). Pero ir por la autopista es la cosa más aburrida del mundo. Uno no ve el paisaje. Sí, llega antes a su destino. Sí, gana tiempo. Sí, no hay curvas, ni camioneros recalcitrantes.

Pero uno no sabe ni por dónde va. Uno no conoce aquella panadería de pueblo en la que se venden unas baguets de órdago. Uno no visualiza a esos ancianos en la plaza del pueblo, ni a esas marujas orondas que salen de establecimientos con cortinillas de plástico de colores, y bolsas en los brazos. Uno no ve rebaños de ovejas a la vera del camino, ni huele el olor que dejan en su estela los camiones con ganado. En la autopista los puertos de montaña son mera anécdotas, no como en las carreteras tradicionales, en las que cada puerto es un desafío, cada curva un envite. Por no hablar de los adelantamientos en carretera, en los que paciencia, adrenalina, pericia y azar hacen un maridaje perfecto. En esos adelantamientos se funden el coche y el conductor en una confianza mutua, una interdependencia casi vital. Los adelantamientos en autopista son somnolientos y previsibles. Nadie jugó nunca al veo veo, ni cantó una canción a pleno pulmón avanzando por una autopista, y esto da mucho que pensar. Un último inciso: las paradas en autopista, en estaciones de servicio idénticas e intercambiables, decadentes, brillantes y posmodernas, son indiferentes, pasan por nuestro corazón sin dejar rastro. Siempre las mismas patatas fritas en los mismos envases. Sin embargo, una parada en carretera nacional exige un arte profundo, un ejercicio de prudencia, que sólo la experiencia puede enseñar: la parada depende del tráfico, del número de camiones que puede adelantarnos; de lo que nos apetezca comer; de la hora del día. Cada restaurante de carretera, cada bareto, cada gasolinera y cada gasolinero tiene una historia propia, un rostro humano, y ocupa un lugar en nuestra biografía que no es intercambiable ni sustituible. Ay, el bar amarillo de Medinaceli, quién cantará hoy tus glorias. Ay, parquecillo de Zuera, columpios desvencijados; ay, tarta de manzana de Angües, que ninguna galleta oreo puede borrarte de mi memoria.

Menos mal que todavía alguna amapola distraída se asoma en los arcenes de las autopistas, para exorcizar mis pensamientos suicidas cuando abordo esta cuestión.

Propósito de hoy: nunca más me limitaré a desplazarme de un lugar a otro por autopista. Elijo viajar, con todas sus consecuencias, por las carreteras nacionales. Así sea.

3 comentarios:

Criso dijo...

Un viaje no es viaje si no aguantas (por lo menos media hora) la tipica hilera de camiones delante que no deja avanzar...

Autopistas, ¿quien las necesita?

maria jesus dijo...

LLevas razón, el día del viaje debía ser el día de disfrutar del viaje, no de intentar llegar cuanto antes. Cuando viajo sola lo hago así y cuando viajo acompañada voy por la autovía pero me desvío cuando vamos a comer para hacerlo en los sitios de siempre. En mi último viaje por autopista no ví ni una amapola y era primavera.

Jean Robur dijo...

Si, si, no niego que puede ser incluso poetico viajar por una carretera nacional. Pero para la gente que se gana el pan en la carretera, mejor tres carriles y sin mucho trafico, por favor.