3 de agosto de 2016

Qué tonto



No cantaba muy bien. Arias y baladas, supongo. Su hermana -¿sesenta años?- leía a su lado el último libro de Harry Potter, sentada en una vieja sillita plegable. Ella estaba de pie, y acompañaba su canto con leves movimientos de las manos. Delante de ella, un plato de metal con algunas monedas sueltas.

El metro de Londres es un sitio ruidoso, con lo que su canción se mezclaba con el sonido de pasos, el traqueteo de las ruedas de maletas y carritos, y las distorsionadas advertencias a los viajeros a través de altavoces medio averiados.

Cada viajero -miles por hora- podía oirla diez o quince segundos, el tiempo que se tardaba en recorrer los pocos metros de pasillo en el que estaba, tras un recodo y antes de tramo de escaleras. La mayoría ni siquiera le conedía una mirada, tan embebidos iban con sus cosas. Los pocos que la miraban, advertían al instante que era ciega. Nadie detenía un poco sus pasos, ni interrumpía su conversación.

La segunda vez que pasé, le di a su hermana un billete de cinco libras. Algo debió de notar, porque paró de cantar, y dijo "Thank you, sir". Y retomó su canción.

Me pregunto si en lugar de darle dinero, no hubiera sido mejor sentarme un rato a escucharla, e incluso aplaudir un poco entre canción y canción. Creo que sí. Pero tenía algo de prisa. No me interesaban mucho sus canciones. Pensé que con darle algo de dinero era suficiente. Qué tonto.

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